ENCUENTRO CON UN SER ILUMINADO EN EL METRO

Esta mañana, mientras esperaba el metro en la estación de Clot (Barcelona), me llamó la atención un ser muy especial. Él estaba sentado, observando a todo el mundo que estaba en el andén. La mayoría de personas estaban de cuerpo presente y de mente ausente. Yo observaba a ese ser tan curioso. Su mente y cuerpo estaban en el mismo lugar, sin duda. No perdía detalle del resto de personas. Hubo un momento en que una amiga suya le empezó hablar y este ser misterioso se centró en escucharla plenamente. En unos minutos la chica empezó a atender su móvil. Primero reía, después tensó su rostro. Y así continuó unos segundos. Su amigo no perdía el contacto visual con ella. Mientras tanto, observando al resto de personas, vi que la mayoría estaban inmersos en sus pantallas. Gente que milagrosamente no chocaba con el resto. Que, justo antes del impacto, levantaban su mirada y reconocían el obstáculo que les impedía avanzar. Incluso había alguno que insultó a una papelera. Era curioso ver aquel baile de personas en la estación de metro. Cuando volví a situar mi mirada sobre aquel ser, me volví a maravillar. En ese instante estaba comiendo mientas su amiga chillaba a su teléfono móvil. Comía de una forma muy curiosa. Mientras masticaba cerraba sus ojos de vez en cuando. Parecía que su manjar le estaba encantando. Mientas comía parecía como si el tiempo se hubiese parado. Todas las distracciones del entorno no le impedían disfrutar de su comida.

Este momento mágico pronto acabaría. En los paneles informativos indicaron que faltaban 45 segundos para que llegase el metro que me llevaría al trabajo. El metro llegó, me ubiqué en la ventana que quedaba más cerca de aquel ser. Quería aprovechar los últimos segundos para contemplar su presencia. El metro empezó a moverse y justo en el momento que estuve más cerca de él, pude saber su nombre. Se llamaba Tobi, lo pude leer en su collar.

Germán Ramos Torrecillas.

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Conexión con nuestros valores

pescador

Hoy os quiero invitar a la reflexión con un escrito (“fábula del pescador” una adaptación hecha por Álex Rovira en su libro “La brújula interior”) que, en mi opinión, es también bastante representativo de lo que nos sucede a muchos de nosotros hoy en día. Es cierto que la vida no es como un libro de cuentos (es mucho más compleja) pero, también es cierto, que a veces somos nosotros solitos que nos la complicamos. Aquí os dejo el escrito:

“En cierta ocasión iba un ejecutivo paseando por una bonita playa vestido con sus bermudas (de marca), sus gafas de sol (también con marca muy visible), su polo (con mucha marca), su gorra (con marca destacada), su reloj (de marca y carísimo), su calzado deportivo (donde todo era marca), su móvil colgado de la cintura (el móvil con marca y la bolsa en la que colgaba, también) y su gomina en el pelo (sin marca, pero tan abundante que uno podía adivinarla).

Eran las dos del mediodía cuando se encontró con un pescador que felizmente recogía sus redes llenas de pescado y amarraba su pequeña barca. El ejecutivo se le acercó…

–¡Ejem! Perdone, pero le he visto llegar con el barco y descargar el pescado… ¿No es muy temprano para volver de faenar?

El pescador le miró de reojo y, sonriendo mientras recogía sus redes, le dijo:

— ¿Tempreano? ¿Por qué lo dice? De hecho yo ya he terminado mi jornada de trabajo y he pescado lo que necesito.
— ¿Ya ha terminado hoy de trabajar? ¿A las dos de la tarde? ¿Cómo es eso posible? –dijo, incrédulo, el ejecutivo.

El pescador, sorprendido por la pregunta, le respondió:

— Mire, yo me levanto por la mañana a eso de las nueve, desayuno con mi mujer y mis hijos, luego les acompaño al colegio, y a eso de las diez me subo a mi barca, salgo a pescar, faeno durante cuatro horas y a las dos estoy de vuelta. Con lo que obtengo en esas cuatros horas tengo suficiente para que vivamos mi familia y yo, sin holguras, pero felizmente. Luego voy a casa, como tranquilamente, hago la siesta, voy a recoger a los niños al colegio con mi mujer, paseamos y conversamos con los amigos, volvemos a casa, cenamos y nos metemos en la cama felices.

El ejecutivo intervino llevado por una irrefrenable necesidad de hacer de consultor del pescador:

— Verá, si me lo permite, le diré que está usted cometiendo un grave error en la gestión de su negocio y que el “coste de oportunidad” que está pagando es, sin duda, excesivamente alto; está usted renunciando a un pay-back impresionante. ¡Su BAIT podría ser mucho mayor! Y su “umbral de máxima competencia” seguro que está muy lejos de ser alcanzado.

El pescador se lo miraba con cara de circunstancias, mostrando una sonrisa socarrona y sin entender exactamente adonde quería llegar aquel hombre de treinta y pico años no por qué de repente utilizaba palabras que no había oído en su vida.

Y el ejecutivo siguió:

— Podría sacar muchísimo más rendimiento de su barco si trabajara más horas, por ejemplo, de ocho de la mañana a diez de la noche.

El pescador entonces se encogió de hombros y le dijo:

— Y eso, ¿para qué?
–¡¿Cómo que para qué?! ¡Obtendría por lo menos el triple de pescado! ¡¿O es que no ha oído hablar de las economías  de escala, del rendimiento marginal creciente, de las curvas de productividad ascendentes?! En fin, quiero decir que con los ingresos obtenidos por tal cantidad de pescado, pronto, en menos de un año, podría comprar otro barco mucho más grande y contratar un patrón…

El pescador volvió a intervenir:

— ¿Otro barco? ¿Y para qué quiero otro barco y además un patrón?
— ¿Que para qué lo quiere? ¡¿No lo ve?! ¿No se da cuenta de que con la suma de los dos barcos y doce horas de pesca por barco podría comprar otros dos barcos más en un plazo de tiempo relativamente corto? ¡Quizá dentro de dos años ya tendrá cuatro barcos, mucho más pescado cada día y mucho más dinero obtenido con las ventas de su pesca diaria!

Y el pescador volvió a preguntar:

— Pero todo eso, ¿para qué?
–¡Hombre! ¡¿Pero está ciego o qué?! Porque entonces, en el plazo de unos veinte años y reinvirtiendo todo lo obtenido, tendría una flota de unos ochenta barcos, repito, ¡ochenta barcos! ¡Que además serían diez veces más grandes que la barcucha que tiene actualmente!

Y de nuevo, riendo a carcajadas, el pescador volvió:

— ¿Y para qué quiero yo todo eso?

Y el ejecutivo, desconcertado por la pregunta y gesticulando exageradamente, le dijo:

— ¡Cómo se nota que usted no tiene visión empresarial ni estratégica ni nada de nada! ¿No se da cuenta de que con todos esos barcos tendría suficiente patrimonio y tranquilidad económica como para levantarse tranquilamente por la mañana a eso de las nueve, desayunar con su mujer e hijos, llevarlos al colegio, salir a pescar por placer a eso de las diez y sólo durante cuatro horas, volver a  comer a casa, hacer la siesta…?

Bueno, ¿verdad?”

Esta historia me parece calcada a Momo (de Michael Ende). Cuando los hombres del traje gris intentan manipular a los aldeanos para hacerles ver que han de invertir tiempo y no desperdiciarlo en hobbies. Si no lo habéis leído os lo recomiendo. También existen versiones llevadas al cine. Una de las que conozco es: “Momo: una aventura a contrarreloj” adaptada por  Enzo D’Alò.

Una mirada sabia

el fin de un cicloLos cuentos tienen la capacidad de trasladarnos a otros lugares, aportarnos grandes enseñanzas, vislumbrar nuestros valores y creencias, acariciar a nuestra identidad. Comparto uno lleno de una gran sabiduría.

 

 

“Se cuenta que un buen día, un padre de familia rica y muy acomodada, llevó a su hijo de viaje por una zona rural con el fime propósito de que el joven valorara lo afortunado que era de poder gozar de tal posición y se sintiera orgulloso de él.

Estuvieron fuera todo el fin de semana y se alojaron en una granja donde vivía gente campesina muy humilde. Al finalizar el viaje y ya de regreso a casa, el padre le preguntó al hijo:

-¿Qué te ha parecido el viaje que hemos hecho?

-¡Muy bonito papá!

-¿Te diste cuenta de lo pobre que puede llegar a ser la gente?

-¡Sí, papá!

-¿Y qué aprendiste, pues?

-Muchas cosas, papá: vi que nosotros tenemos un perro y que ellos tienen cuatro. Nosotros una piscina pequeña en el jardín y ellos un arroyo sin fin. Nosotros tenemos unas lámparas importadas en el patio y ellos tienen las estrellas. Nuestro patio está cerrado con vallas y ellos tienen todo el horizonte. Ellos tienen tiempo para hablar y convivir cada día en familia mientras que tú y mi mamá tenéis que trabajar tanto que casi nunca os veo.

Al terminar el hijo el relato de lo que había aprendido, el padre se quedó mudo. Su hijo añadió:

-¡Gracias, papá, por enseñarme lo ricos que podemos llegar a ser!”

[extraído del libro “Aplícate el cuento”, Jaume Soler y M. Mercè Conangla]