¿ACEPTAMOS LA REALIDAD TAL Y COMO ES?

rosa_marchita

A veces escuchamos expresiones como: “¡qué bonita era la flor cuando su color era intenso!” El tiempo, la observación continua de la naturaleza, el crecimiento personal y espiritual, mis experiencias, me han llevado a reflexionar sobre este tema. Realmente cuando observamos algo, ya sea una persona, animal, paisaje, etc. ¿estamos totalmente presentes en la relación? ¿lo estamos viendo, escuchando, sientiendo y percibiendo tal y como es, o tenemos imágenes y prejuicios ya creados?

¿Por qué, en ocasiones, expresamos que una flor como la de la foto, deja de ser bella? ¿Acaso no estamos atrapados en nuestras propias imágenes y conceptos mentales de lo que es la belleza? ¿Y si observásemos la flor con “mente de principiante”? ¿Y si la mirásemos como lo hacen los niños por primera vez? ¿Acaso no soltaríamos una expresión parecida a: “¡¡¡Guauuu qué cambio que hizo la flor!!!”?

Nuestra mente de adulto, en ocasiones, nos genera una ilusión y desconexión con las leyes naturales. Una de ellas es la Ley de la Impermanencia: Todo cambia. ¿Acaso cuando vas por la montaña y se te cae el móvil por un precipicio exclamas: “¡¡Maldita Ley de la Gravitación Universal!!, ¿¿¿por qué me has hecho esto a mi???”? Al igual que esto no es típico, tampoco debería de serlo vivir de espaldas a la Ley de la Impermanencia. Esa flor nace, crece y morirá y se volverá a repetir el ciclo tal y como lo hacen las olas del mar. Apegarnos a la imagen del estado de la flor, es sutilmente no aceptar las cosas tal y como son. Este baile de nacimiento, vida y muerte también tiene su belleza y, lo más importante, nos permite maravillarnos y aceptar las cosas tal y como son.

— Germán Ramos Torrecillas

Anuncios

Conexión con nuestros valores

pescador

Hoy os quiero invitar a la reflexión con un escrito (“fábula del pescador” una adaptación hecha por Álex Rovira en su libro “La brújula interior”) que, en mi opinión, es también bastante representativo de lo que nos sucede a muchos de nosotros hoy en día. Es cierto que la vida no es como un libro de cuentos (es mucho más compleja) pero, también es cierto, que a veces somos nosotros solitos que nos la complicamos. Aquí os dejo el escrito:

“En cierta ocasión iba un ejecutivo paseando por una bonita playa vestido con sus bermudas (de marca), sus gafas de sol (también con marca muy visible), su polo (con mucha marca), su gorra (con marca destacada), su reloj (de marca y carísimo), su calzado deportivo (donde todo era marca), su móvil colgado de la cintura (el móvil con marca y la bolsa en la que colgaba, también) y su gomina en el pelo (sin marca, pero tan abundante que uno podía adivinarla).

Eran las dos del mediodía cuando se encontró con un pescador que felizmente recogía sus redes llenas de pescado y amarraba su pequeña barca. El ejecutivo se le acercó…

–¡Ejem! Perdone, pero le he visto llegar con el barco y descargar el pescado… ¿No es muy temprano para volver de faenar?

El pescador le miró de reojo y, sonriendo mientras recogía sus redes, le dijo:

— ¿Tempreano? ¿Por qué lo dice? De hecho yo ya he terminado mi jornada de trabajo y he pescado lo que necesito.
— ¿Ya ha terminado hoy de trabajar? ¿A las dos de la tarde? ¿Cómo es eso posible? –dijo, incrédulo, el ejecutivo.

El pescador, sorprendido por la pregunta, le respondió:

— Mire, yo me levanto por la mañana a eso de las nueve, desayuno con mi mujer y mis hijos, luego les acompaño al colegio, y a eso de las diez me subo a mi barca, salgo a pescar, faeno durante cuatro horas y a las dos estoy de vuelta. Con lo que obtengo en esas cuatros horas tengo suficiente para que vivamos mi familia y yo, sin holguras, pero felizmente. Luego voy a casa, como tranquilamente, hago la siesta, voy a recoger a los niños al colegio con mi mujer, paseamos y conversamos con los amigos, volvemos a casa, cenamos y nos metemos en la cama felices.

El ejecutivo intervino llevado por una irrefrenable necesidad de hacer de consultor del pescador:

— Verá, si me lo permite, le diré que está usted cometiendo un grave error en la gestión de su negocio y que el “coste de oportunidad” que está pagando es, sin duda, excesivamente alto; está usted renunciando a un pay-back impresionante. ¡Su BAIT podría ser mucho mayor! Y su “umbral de máxima competencia” seguro que está muy lejos de ser alcanzado.

El pescador se lo miraba con cara de circunstancias, mostrando una sonrisa socarrona y sin entender exactamente adonde quería llegar aquel hombre de treinta y pico años no por qué de repente utilizaba palabras que no había oído en su vida.

Y el ejecutivo siguió:

— Podría sacar muchísimo más rendimiento de su barco si trabajara más horas, por ejemplo, de ocho de la mañana a diez de la noche.

El pescador entonces se encogió de hombros y le dijo:

— Y eso, ¿para qué?
–¡¿Cómo que para qué?! ¡Obtendría por lo menos el triple de pescado! ¡¿O es que no ha oído hablar de las economías  de escala, del rendimiento marginal creciente, de las curvas de productividad ascendentes?! En fin, quiero decir que con los ingresos obtenidos por tal cantidad de pescado, pronto, en menos de un año, podría comprar otro barco mucho más grande y contratar un patrón…

El pescador volvió a intervenir:

— ¿Otro barco? ¿Y para qué quiero otro barco y además un patrón?
— ¿Que para qué lo quiere? ¡¿No lo ve?! ¿No se da cuenta de que con la suma de los dos barcos y doce horas de pesca por barco podría comprar otros dos barcos más en un plazo de tiempo relativamente corto? ¡Quizá dentro de dos años ya tendrá cuatro barcos, mucho más pescado cada día y mucho más dinero obtenido con las ventas de su pesca diaria!

Y el pescador volvió a preguntar:

— Pero todo eso, ¿para qué?
–¡Hombre! ¡¿Pero está ciego o qué?! Porque entonces, en el plazo de unos veinte años y reinvirtiendo todo lo obtenido, tendría una flota de unos ochenta barcos, repito, ¡ochenta barcos! ¡Que además serían diez veces más grandes que la barcucha que tiene actualmente!

Y de nuevo, riendo a carcajadas, el pescador volvió:

— ¿Y para qué quiero yo todo eso?

Y el ejecutivo, desconcertado por la pregunta y gesticulando exageradamente, le dijo:

— ¡Cómo se nota que usted no tiene visión empresarial ni estratégica ni nada de nada! ¿No se da cuenta de que con todos esos barcos tendría suficiente patrimonio y tranquilidad económica como para levantarse tranquilamente por la mañana a eso de las nueve, desayunar con su mujer e hijos, llevarlos al colegio, salir a pescar por placer a eso de las diez y sólo durante cuatro horas, volver a  comer a casa, hacer la siesta…?

Bueno, ¿verdad?”

Esta historia me parece calcada a Momo (de Michael Ende). Cuando los hombres del traje gris intentan manipular a los aldeanos para hacerles ver que han de invertir tiempo y no desperdiciarlo en hobbies. Si no lo habéis leído os lo recomiendo. También existen versiones llevadas al cine. Una de las que conozco es: “Momo: una aventura a contrarreloj” adaptada por  Enzo D’Alò.

Mindfulness: Desconectar para conectar

bola-nieve(2)Imagina tu mente como una de esas bolas de cristal tan típicas de navidad. Recuerda que si la mueves con intensidad, la nieve se agita y no deja ver correctamente la figura o el paisaje que hay en el interior. Desde que practico la meditación Mindfulness, esta metáfora, se ajusta mucho con lo que he ido descubriendo sobre el funcionamiento de mi mente. En los primeros meses de práctica, descubrí que el foco de mi atención saltaba de pensamiento en pensamiento de una forma aleatoria. Este es el patrón que había estado acostumbrado a usar durante muchos años. Este modo de funcionar ante la vida es el que me causa malestar e insatisfacción. La mente pasa gran parte de nuestro tiempo viajando a experiencias pasadas o situaciones del futuro. Pasamos muy poco tiempo conectados con lo que estamos haciendo aquí y ahora. En un magnífico vídeo, Matt Killingsworth demuestra que un parámetro muy importante en la ecuación de la felicidad es la capacidad de estar plenamente conectado con el momento presente: Enlace vídeo.

He podido experimentar esta sensación de plenitud al estar conectado en el momento presente. Me ha permitido disfrutar más de los alimentos, disfrutar de conversaciones más profundas con otras personas, estar más atento y centrado en las sesiones de coaching que doy, tener más empatía y compasión hacia otras personas, tener más resiliencia en mis propios proyectos, dejar de procrastinar, etc. Otro aspecto importante es, que ahora tengo un margen de tiempo para reaccionar ante un estímulo externo. Ante el enfado de un compañero o un conflicto laboral, percibo como se van gestando las emociones en mi interior. Esta auto-conciencia emocional me permite poder gestionar mejor mis emociones en situaciones difíciles.

Como se puede apreciar en este vídeo de Daniel Goleman: Enlace vídeo, el hecho de estar menos centrados en nosotros mismos nos hace más compasivos. Esto guarda una relación con la capacidad de estar presentes en el aquí y el ahora. Cuando estamos centrados en nuestros problemas, es decir estamos recordando antiguos problemas o inventamos nuevos para el futuro, no estamos conectados con todo lo que nos rodea. Con esta desconexión es común que nos pase lo que vemos en el siguiente vídeo: Enlace vídeo.

Para acabar, decir que la meditación Mindfulness, es un buen entrenamiento para poder tener más claridad en nuestras ideas y estar más presentes en todo lo que hacemos en nuestro día a día. Si quieres profundizar sobre el método, te dejo un artículo que escribí para explicarlo de una forma amena y sencilla: Enlace. Acuérdate de leer este artículo con total presencia 😉